jueves, 23 de abril de 2009

Reflexiones de un treintañero



Me encanta como fluye la música de Miles Davis. La trompeta asordinada envuelta en un aire de tranquilidad y melancolía. Como si la vida, el aire y el ritmo, se pausaran por unos instantes donde sólo queda la magia del sonido, la cadencia de la música de su trompeta y el piano de Bill Evans o el saxo de Coltrane.

La vida, como la realidad, fluye despacio en el día a día, en el presente, pero envuelta en un pasado y un futuro que corren apresurados y que al mirar atrás te muestran la velocidad con la que gira el mundo, con sus días, meses y años, y el vértigo de las rápidas sucesiones de otoños y primaveras.

Los días de tartas, regalos y velas, siempre son especiales. Como un pequeño paréntesis en rutinas y días que cabalgan sin detenerse. Y más al cumplir los treinta. Una fecha tan redonda que es difícil evitar parar a pensar. Porque todo ha pasado demasiado rápido. Pero no lo suficiente como para no haber aprovechado cada instante, cada momento, y estar feliz por todo lo vivido.

Porque al final la vida es cuestión de detalles. Cuestión de la gente que quieres. Cuestión de esa persona tan especial con la que compartes todo y sin quién no imaginas tu propia vida. Cuestión de los buenos momentos, porque los malos, aunque nos hacen más fuertes, enseguida debemos de olvidarlos para no vivir en ellos.

Y así, los días seguirán sucediéndose unos a otros, pero siempre como una hoja en blanco que debemos de dar color para que la vida nunca resulte aburrida. Seguirán sucediéndose con la magia de las nuevas ilusiones, de todo lo que nos queda por vivir. Seguirán viniendo abriles. Veranos y fiestas de guardar. Seguirán atrapándonos aniversarios y celebraciones que nos recuerden donde estamos.

El jazz, como la vida, es la magia de lo efímero. La belleza de lo que se va para ya no volver. Pero siempre nos quedarán los recuerdos, al igual que la música, como una parte de nosotros mismos que ya siempre nos acompañarán. Siempre nos quedará nuestra gente y toda una vida para disfrutar. Siempre nos quedará París.

Y mientras, seguirá sonando esa melancolía que produce la trompeta de Miles en su respirar pausado. Porque mirar atrás siempre produce melancolía. Esa extraña mezcla de melancolía y alegría.

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